lunes, 16 de diciembre de 2013

Una niña que vive en mi.

Todo comenzó con una niña de 10 años que maduró antes de tiempo. Su madre no lo entendía, ella no quería una hija así. Prefería una niña dulce y mansa a la que dominar y poner lindos vestiditos, una dulce muñequita. 
La niña no lo entendía, ella sólo quería ser ella misma. ¿Por qué tenía que ser tan diferente a los demás? Entonces conoció a los que se convertirían en sus mejores amigos: los libros, la música, el dolor y la comida. Se refugió en ellos y a los 11 años no podía vivir sin ellos. En un tiempo récord encontró el mayor de los placeres en las heridas y la plenitud en el estómago lleno, lo que hizo que esa niña raquítica se convirtiese en una gigante obesa. Su madre seguía sin comprender como su dulce niñita se había convertido en ese monstruo gordo con las piernas siempre llenas de heridas e intento cambiarla a base de castigos y broncas. Al principio la niña de 11 años bajaba la cabeza y asentía a todo lo que su madre decía, absorbiendo cada uno de sus reproches, cada uno de sus castigos. Se ahogaba cada noche en la almohada húmeda abrazada a su único peluche. Ese fue el curso en el que los chicos de su colegio comenzaron a susurrar. Llegaron a ellas palabras como "gorda", "hipopótama" o "foca". Dolían tanto como las quemaduras de su pantorrilla, pero las palabras no cicatrizaban, seguían sangrando en cada recuerdo. Fue en febrero de sus 11 años cuando la madre de la niña explotó, había muerto su tía y había decido pagarlo con su hija. Pero esa niña ya estaba cansada, de sus recuerdos, de la gente de su colegio, de que nada mejorase. Así que se armó de valor y contestó a su madre. No vio venir el bofetón que la tiró al suelo, tampoco como su madre la zarandeó del pelo. Desde ese momento el miedo a su madre se añadió a las cosas por las que derramar lágrimas. Desde entonces su madre la dio "una buena razón por la que llorar" cada noche.
La niña siguió en aquella vida, sonriendo como si no pasara nada pero viviendo con miedo cada vez que su madre llegaba a casa. 
Cuando cumplió los 14 años ya estaba acostumbrada a esa vida, pesaba cerca de 75kg y no le importaba. Nadie le iba a quitar el placer que le producía comer. Una onza de chocolate, una napolitana de crema, un helado de vainilla, una bolsa de patatas, un bol de palomitas, un paquete de sabrosas galletas con chips de chocolate... Cien y mil alimentos que la hacían más feliz que cualquier persona que conociese. 
Fue ese año cuando la diagnosticaron el "síndrome de comedor compulsivo". 
Fue al siguiente trimestre cuando el único amigo chico que le quedaba la dijo: " Si fueses delgada serias una tía de la hostia". 
Fue ese mismo día cuando se plantó frente al espejo y se fijó en sí misma por primera vez. Se fijó en las dos columnas que la sostenían, como dos patas de elefante; en sus enormes caderas que asemejaban a un flotador; su redonda e inflada tripa cuya grasa bailaba en cada paso que daba. Por primer vez en su vida se dio cuenta de la monstruosidad que en verdad era. Y supo que tenía que reaccionar. Lucho durante ese año, adelgazó tanto que hasta su propia madre le dio la enhorabuena. Sacrificó su felicidad, su amada comida por un cuerpo del que pudiese estar orgullosa. Todo iba sobre ruedas hasta que llegó su 15 cumpleaños. Ese verano fue abandonada por todas aquellas que una vez la llamaron amiga, por primera vez realmente se sintió sola. Incluso cuando los niños la insultaban, o su madre la pegaba las había tenido a ellas pero ahora no había nadie. Estaba realmente sola. Entonces volvió a protegerse en su amada compañera, la comida. Recuperó todo lo que había perdido hasta entonces y ascendió su peso hasta los 80kg. Durante ese año se rodeó de otra gente pero nunca más volvió a tener amigos, nadie en quién volver a confiar.
Malamente y como pudo sobrevivió  hasta que en Halloween de 2012 se puso un ultimátum: si seguía así el 21 de Diciembre del 2012 pondría fina a esa patética vida. 
Los días pasaban y diciembre se acercaba, la gente se reía pensado en el fin del mundo mientras que la niña sonreía amargamente mientras temían esa fecha, el fin de su mundo. Una parte de ella tenía miedo a la muerte, no por desconocer lo que habría después sino porque había demasiadas cosas que no había hecho todavía, pero no había tiempo. Cuando llegó finalmente diciembre ya tenía 83 pastillas, todas ellas obtenidas burlando la seguridad de sus abuelas y su padre, ellos eran los únicos que tenían el tipo de pastillas necesarias para para realizar el "coptel de la muerte" que acabaría con su sufrimiento. El 13 de diciembre les quito a sus padres un botella de ginebra, no se darían cuenta de que faltaba una. Todo estaba preparado. Pero cuando llegó el viernes 21 de Diciembre, día del fin del mundo según en calendario Maya algo no salió según lo planeado. 
La niña, encerrada en el baño, tragó su pastilla número 64 cuando en sus cascos comenzó una canción. Una canción que marcaría su vida para siempre. Y mientras escuchaba como Gerard le decía directamente que ÉL NO TENÍA MIEDO DE SEGUIR VIVIENDO sintió que le estaba defraudando. Ese hombre había sido su inspiración a lo largo de los años, sus letras y su voz la habían acompañado durante cada lágrima cada noche y ella ahora se estaba rindiendo. Así qué corriendo introdució sus dedos en su garganta buscando ese punto que tan bien conocía y lo acarició con premura. Noto como la bilis junto con las pastillas subía por su garganta expulsando los medicamentos junto con el alcohol, ardía como el diablo pero tenía que aguantar. No supo cuanto tiempo estuvo llorando mientras vomitaba pero amanecía cuando volvió a su cama. La casa estaba en silencio, sus padres habían decidido huir a la costa y su hermana aprovecho la noche para salir de fiesta. Estaba sola con sus sombras. Así que decidió contemplar el amanecer acompañada de su música y sus sombras. Y comenzó a sonar "Creep" de Radiohead. Se sintió amanecer con esa canción y supo que esa madrugada había muerto para revivir de nuevo. Nada volvería a ser igual, intentaría vivir. Y durante ese amanecer se lo creyó. 
Pasaron los días y todo seguía igual, la misma gente vivía a su alrededor sin percibirla, las mismas aburridas situaciones... En esos momentos se arrepentía de haber sido tan cobarde. 
Porque eso es lo que somos, cobardes. Tanto yo como esa niña que un día fui. Esa niña que murió hace cerca de un año. Ambas nos acompañamos mutuamente, luchamos contra lo que nos venga, nos curamos las heridas que los infligimos la una a la otra y lloramos juntas cuando nuestros ojos deciden derramar unas saladas lágrimas. Pero juntas intentamos buscar una razón por la que vivir, un lugar en el que nos dejen soñar. 
Nos gustaría decir que ya no tenemos miedo a seguir viviendo pero, oh Gerard, estamos aterradas.